tiempo Benavente

Usted está aquí: Archivo Veguilla 2009 Discurso de Jose Carlos Guerra  
 VEGUILLA 2009
Programa de la Veguilla
Programa Veguilla 2009
Fotos Veguilla 2009
Fotos en directo
Buscate en la Plaza
Discurso de Jose Carlos Guerra
Video Petición del TORO 2009
Video Coronación de la Reina
Video de la Petición del Toro (Benavente Tve)
Ocio Alternativo para jóvenes en la Veguilla
VEGUILLA 2009 - Para bailar
Carrera de Atletismo Toro Enmaromado
Damas de las Fiestas 2009
Damas Infantiles 2009
Historia
Carteles
 ARCHIVO
Toro Enmaromado 2011
Toro Enmaromado 2010
Toro Enmaromado 2009
Toro Enmaromado 2008
Veguilla 2011
Veguilla 2010
Veguilla 2009
Veguilla 2008
Semana Santa 2011
Semana Santa 2010
Semana Santa 2009
Semana Santa 2008
Certamen de Teatro 2011
Certamen de Teatro 2010
Certamen de Teatro 2009
Certamen de Teatro 2008
Certamen de Teatro 2007
Carnaval 2009
IV Concurso de Cortometrajes
Elecciones Municipales 2011

DISCURSO DE JOSE CARLOS GUERRA
 



Jose Carlos Guerra

Discurso Veguilla 2009 




 

Quisiera que tú me entendieras a mí sin palabras.
Sin palabras hablarte, lo mismo que se habla mi gente.
Que tú me entendieras a mí sin palabras
como entiendo yo al mar o a la brisa enredada en un álamo verde.

Me preguntas, amigo, y no sé qué respuesta he de darte.
Siento arder una loca alegría en la luz que me envuelve.
Yo quisiera que tú la sintieras también inundándote el alma,
yo quisiera que a ti, en lo más hondo, también te quemase y te hiriese.
Criatura también de alegría quisiera que fueras,
criatura que llega por fin a vencer la tristeza y la muerte.

Sin palabras, amigo; tenía que ser sin palabras como tú me entendieses.


En el año de 1964 mi querido y entrañable amigo Pepe Negro, subía a este escenario para obrar como primer mantenedor e institucionalizar este acto regio

Hace más de 20 años, y en un acto como éste también yo subía aquí con el miedo de que mis palabras no estuvieran a la altura de cuantos oradores me habían precedido. 20 años que configuran media vida, y media vida ya es tiempo suficiente para poder mirar atrás con nostalgia y hacer resúmenes y anotaciones a pié de página de cuanto en ella ha sucedido.

En este tiempo. que se me ha pasado como un sueño, he visto el ir, el venir de mucha gente; amigos que se fueron, familiares que nos han dejado, el resurgir de otras nuevas caras y viendo como la figura de los que quedamos se va encorvando y nuestros rostros se van surcando de arrugas.
En este tiempo, también he visto como esta ciudad se iba transformando, unas veces tan deprisa, que era una vorágine imparable y en otras, reposada, tranquila, casi aperezada y temerosa de perder sus señas de identidad.
Y avanzando en ambos ritmos la ciudad ha ido creciendo, desbordando a su paso cuanto configuraba su entorno, transformando el paisaje, removiendo la tierra y creciendo, multiplicándose sin orden ni concierto por los cuatro puntos cardinales.
Las huertas entrañables que se sucedían una tras otra y que al contemplarlas en días claros de primavera desde el mirador de la Mota, conformaban un mar albino, ahora se han reducido a unas pobres pinceladas dadas aquí o allá como puntos blancos que, discordantes en el paisaje ni nos atraen, ni nos emocionan.
Y toda esta alteración ha sucedido en nombre del progreso.
¿Nos hemos parado un momento a meditar si era necesario sucumbir, enterrar, o sacrificar nuestras raíces por adecuarnos al progreso?
Pero el hecho es que, al hablar de desarrollo de un pueblo necesariamente tendremos que involucrar aspectos que van vinculados a la cultura, a la identidad de sus personas y de su gobierno, a la manera de ver el mundo, a su perspectiva del universo.
Es decir, no se puede pretender el avance de nuestra localidad, sin entender su entorno, sus raíces, aquellas que de una manera u otra nos ayudarán a vislumbrar su futuro.
Cuando camino por las calles en las que apenas descubro ya un mínimo vestigio del pasado, me encuentro como un peregrino extranjero que llegara por primera vez a la ciudad. En aras de ese progreso, sucumbieron edificios vinculados a nuestra historia, iglesias, ermitas, conventos o restos de antiguas civilizaciones que para algunos mandatarios o iluminados, carecían de valor histórico. Apelamos en su día a la cordura, pero ante la ignorancia, ante la sinrazón, no hubo soluciones ni diálogo.
He visto caer bajo la piqueta los adobes, como si el adobe fuera material de derribo, los campanarios de San Nicolás, Renueva, San Bernardo, San Andrés; conventos de las clarisas, las bernardas, Sancti Spitus; o la casa del Tinte, por no dar un repaso general a toda la molicie.
Y en un acto en el que tenemos que resaltar más la belleza que la destrucción, no podía dejar en el olvido estas actitudes vergonzantes.
El Benavente de ayer ha sucumbido. Viva el Benavente de hoy y el Benavente del mañana que será sin duda un Benavente de progreso pero un Benavente sin historia.

Altezas, Damas de Honor, Iltmo. Sr. Alcalde, Excma. Corporación Municipal, Señoras y Señores todos:



Tres razones nos han convocado hoy aquí, a un acto, que año tras año se repite puntual para honrar a nuestra Patrona
Una razón, quizás la primera, es el romanticismo, otra, el compromiso y la última, el acontecimiento social.
Romántica, porque es una percepción elemental de nuestra naturaleza exaltar la belleza y gozar con lo estético. siendo ambos conceptos los que nutren el romanticismo.
Difícil y complicado es hablar de la Belleza.
Hay una anécdota de Picasso que siempre repito cuando alguien trata de definirla
En una de sus exposiciones una señora le pregunto al maestro.
“Maestro, ¿qué significa este cuadro?” El creador del cubismo le contestó: “Señora, no pregunte qué significan mis cuadros. Pregúntese qué emoción le despiertan.
¿Acaso cuando usted oye el trinar de un pájaro o una linda sinfonía se pregunta qué significan?”.

El maestro tenía razón. ¿Cómo entender lo bello cuando es un concepto tan subjetivo?

No está demás recordar las tres condiciones que debería reunir la Belleza según Tomás de Aquino:

La Integridad ( perfección)
La Proporción o armonía.
Y la Claridad o luminosidad.
Si bien las dos primeras están tomadas del concepto que Aristóteles tenia de la Belleza ( proporción y orden) La Claridad arranca de la tradición platónica identificando la luz con la misma Belleza.” La luz y la Belleza son reflejos de la divinidad” decía el filósofo.
Y digo esto porque no me gustaría que quedase este acto en una simple exaltación de lo bello como la percepción puramente material aunque encarnemos en la mujer el símbolo de todas las perfecciones.
La belleza es algo más extenso y profundo que llega a la reflexión positiva sobre la propia existencia humana y nuestras relación con los demás.

Compromiso, porque somos convocados a esta asamblea por la necesidad
histórica de garantizar una tradición que se renueva cada año, en la figura de la mujer y que, como bien dice Amado Nervo:
”Si el universo tiene un fin claro, evidente, innegable, que está al margen de las filosofias, ese fin es la Vida. Y que si la única doctora que explicará el misterio; y perpetuación de la vida, fue confiado por el Ser de los Seres a la mujer. Ella es la sola colaboradora efectivo de Dios. Su carne no es como nuestra carne, pues hasta en la más vil de las mujeres hay algo de divino
Social, porque un acto ecuménico como éste, nos reúne a mujeres y hombres, paisanos y forasteros en un abrazo común donde, olvidados los colores, las rencillas, los desafectos y las clases sociales, miramos con ojos nuevos el renacer de una primavera que intuye las cosechas en esta tierra nuestra que fue siempre tan paridera.
Y para ellas, y para ellos y para todos los que un día vendrán a ocupar los puestos que iremos dejando, van mis palabras que no quiero que sean exactas. pero si comprendidas.

En todos los tiempos se preció este pueblo de ser fiel a sus principios con generosa nobleza heredada de sus mayores. Nunca ejecutó acción alguna que fuese menos correspondiente a sus obligaciones de pueblo noble, ni aún en los tiempos más calamitosos en que iban de la mano poder y violencia.
Y lo mismo que ayer, nosotros, benaventanos de hoy, herederos de los antiguos vacceos e intercacienses, que vestían con piel de cabra y se armaban de hierro; de cuerpo limpio, frugales en sus comidas, austeros en la bebida y cocidos en la templanza, como dicen los historiadores, con puntual fidelidad les recordamos a ellos y a todos los que han poblado esta noble tierra, diciendo que este solar no es sólo nuestro sino que lo es también de todos aquellos que nos visitan y nos honran con su presencia y convivencia

Cuenta Nietzche en su libro sobre Zarathustra que, caminando éste un día por el bosque, se encontró a la hora del crepúsculo con una anciana que le habló de esta manera:
-Muchas veces habló ya Zarathustra con nosotras, las mujeres, pero nunca nos habló de la mujer. A lo que él respondió: De las mujeres únicamente se debe hablar a los hombres.
Y, he aquí, una ocasión afortunada de hacerlo. De hablaros primero a los hombres de la mujer; luego a vosotras, mujeres, del hombre Y por último, mujeres y hombres, de todos nosotros.

No hace muchos años, si emprendíamos la ruta hacia el norte o el sur, el este o el oeste, cerca de nosotros, allí donde había un pueblo y una solana, allí, clavada en su silleta, se encontraba a la mujer castellana, Mujeres enjutas, dignas de ser eternizadas por cualquier pincel, que remendaban al recuerdo de otros soles y de otros crepúsculos contando historias rancias o bordaban sus paños de lino, paños que ahora, no me cabe duda, duermen en el fondo de las arcas entre hojas de laurel y alientos de alcanfor.
En mis largos paseos buscando donde posar el caballete, me he detenido a contemplarlas. Enlutadas siempre, siempre con el rictus amargo de los años, deshilachando vellones de lana o desgranado maíz; zurciendo la pana, arrimadas a la zahorra de los tapiales donde se estrellaba un sol viejo como ellas, un sol sin edad ni tiempo.
Mujeres de alba y de crepúsculo, que trajinaban de aquella a éste con la parsimonia de siglos cantando viejas coplas, rezando siempre y siempre confiando en un Dios que colmara sus graneros y las amparara de rayos y tempestades.
Mujeres flacas y secas, espirituales, greconianas, erectas como chopos y fuertes como camas de arado.
Mujeres que conjuraban las tormentas con esquilas y velas y que bailaban cuando recogían las miéses.
Mujeres que con el afán de la natalidad fueron las que engendraron las familias numerosas. “ Ellas, las mujeres campesinas, las mujeres proletarias” como apunta Alexis Carrell.
Mujeres garridas, quemadas por el sol y a la usanza, Dulcineas del Toboso, Filomenas de Salicios y Eliseas de Nemoroso. Aldanzas de Lorenzos y de Isidros Marías. Julietas de sus Romeos, Eloísas de sus Abelardos, Beatrices de sus Dantes, Lozanas labradoras que sabían rezar con fe e iban a la par de la rueca a la cocina y de la iglesia a la trilla. Y si por suerte penetrabais en el zaguán, de sus casas os hubieseis encontrado todo en orden, la limpieza en la alacena, la ropa doblada, el puchero en la cocina y el recogido santuario donde reposar soñando.
Jamás salí de ellas vacío porque, como dice nuestro refranero: “con pan y vino se anda el camino,” Y ese pan y ese vino era una forma de ofrecer su eucaristía, pues no dejaba de ser el peregrino, el Cid desterrado, el Alvargonzalez que llegaba hambriento llamando a su puerta.
Mujeres las de ahora y herederas de aquellas que han dejado la arcaica rueca, la tabla de lavar en el río, el pañuelo que cubría sus cabezas, para integrarse en una empresa común de modernidad y futuro.
Mujeres que incorporadas al estudio, a la educación, al riesgo de los negocios, han vencido los antiguos escrúpulos, los antiguos miedos, la soledad a la que las había sometido una sociedad machista y ahora ocupan lugares estelares en nuestra economía, en nuestra política, en nuestras universidades o en el campo de la investigación.
Mujeres que llevan y proclaman a mucha honra ser de Benavente.
Mujeres eruditas, mujeres empresarias, mujeres simples que ejercen de madres que pasean por nuestras calles llenándolas de alegría con su presencia y que como ayer también van de su hogar al trabajo, que hacen vida y harán historia.

Pero... ¿y el hombre?
¡Qué bien lo define Celaya en estos versos!
Sancho firme, sancho obrero
ajustador, carpintero labrador, electricista
Sancho sin nombre y con manos de constructor y un oficio
Viejo y nuevo, vida al día
”.



Isidros y Sanchos, Alcinos y Tirrenos... Ideales personajes, figuras que abundan en la tierra de esta lusitania nuestra.. Yunteros, obispos del páramo, soñadores de pan y cebolla, fervorosos en sus trabajos, caballeros errantes de las llanuras, que recorrían cada despuntar del alba para abrir la tierra con sus yuntas y siempre, siempre crucificados a sus arados.
Recios como sus encinas, sencillos como el tomillo, amantes apasionados de su terruño, columnas vertebrales que fueron de esta Castilla que, de tanto modernizarse olvida a sus hombres.
Amigos de las cigüeñas, rabinos de sus paneras, señores de la pana, amantes de la aurora, compañeros de las alondras y de arado hermanos.
¿Cómo no se iban a sonrojar las amapolas a su paso y la jara perfumarles?
¿Cómo no declinar su cabeza el girasol o hacer que la cigarra entonase su canto para acompañar el vuelo de las mariposas?
¡Ay Castilla que faz los omes en las gestas!
Cómo canta el poeta:
“Qué sola, tierra, sin vosotros
Es posible que sea el alma,
Vagabunda por tu ladera
La que se sienta solitaria...”

Eso era ayer, cuando aún se oía el repicar de las campanas, cuando en el mercado de los jueves, se daban cita el agro y la ganadería. Cuando sólo bastaba para cerrar el trato, un apretón de manos. Cuando cualquier trozo de papel tenía más validez que las actuales letras de cambio..
Pero llegó el progreso y como un viento malo arrasó con todo y los hombres nos convertimos en desconfiados y rencorosos mirando más a la hacienda del vecino que a la propia.
Cambiamos el sueño americano con el saludo a Mister Marxall incluido, por el sueño de una Europa unida con la que intercambiar los cromos de nuestras miserias. Y en aras de ese sueño sacrificamos tierra, viñedos centenarios, cabaña ganadera e incluso apostamos por cultivos alternativos que pasados unos años hemos comprobado fue una equivocación. Las tierras que eran vergeles en los que el trigo y la cebada granaban, pasaron a ser un árido complejo de barbechos que ahora se suceden unos a continuación de los otros lamentando la pereza de la sementera olvidada, de los surcos tallados a mano y de los trigos tremesinos. Ahora sólo quedan los campos diseñados en verde, los preferidos, los diáconos de la futura cosecha.
Cambiamos la figura de la lechera del cuento que mañana a mañana nos visitaba cargada siempre con su cántara, por el tetrabrik y las cuadras y los establos quedaron vacíos. La figura bucólica del pastor peregrinando tras su rebaño por los campos se ha perdido, y las ovejas se mueren de pena estabuladas en naves frías y metálicas.
Nuestros hábitos de vida han cambiado, creímos que de nuevo el toro iba a raptar a Europa pero Europa, sacrificó al toro en su propio beneficio.

¿Qué nos queda de antaño? Pues nos quedan momentos como estos en los que año tras año revindicamos nuestra propia identidad, aferrándonos a los recuerdos, añorando con nostalgia aquellos tiempos en que éramos más humanos, más sensibles, más soñadores, más cordiales, más unidos, más sociables y más amenos.

Cuando Juan Alfonso Pimentel, I Conde de Benavente, Señor de Braganza y de Vinhais, tomó partido por Doña Beatriz ,decidió abandonar la corte del rey de Portugal donde era un geltihombre, En un alarde de sinceridad y sabiendo a lo que Pimentel desechaba, le recordó el viejo dicho: Mirad conde que “Más vale pájaro en mano que buitre volando”, a lo que el conde respondió con la gallardía con que responden los hombres de esta tierra: “Más vale volando” Frase que a partir de ese momento, orlaría el escudo heráldico que hoy podemos ver campeando sobre la puerta norte de Santa Maria.
La libertad en su más amplio sentido y no la blasfema aseveración de que la libertad no sirve para nada.
Somos y seamos siempre libres para poder optar por aquello que más deseamos.
Y porque la fiesta es un canto a la libertad, cuando la comunidad recobra su relieve. Cuando todos nosotros ocupamos espacios comunes y allí, al amparo de esa libertad, materializamos nuestra identidad social. La fiesta nos moviliza a todos a una participación general y en ella, libremente expresamos y ejercemos la condición de miembros de este colectivo llamado Benavente., Posiblemente no haya mecanismo social cargado de tanta magia , de tanto poder de convocatoria como la fiesta. Ella sola hace sociedad, o al menos crea sensación de comunidad .y añadiría sin temor a equivocarme, que de alguna manera regula nuestro ecosistema humano.
Es el libre acontecimiento, la libertad de pensar pero sobre todo, la libertad de saber que todos podemos vivirla según la sintamos. Siempre. ajenos a la violencia, a las sinrazones, al menosprecio que algunos sienten por su pueblo, queriendo provocar tragedia donde ya de por si, el mismo toro es una tragedia.
Libre pensamiento, sí. Pero también libre respeto. Y si uno no está de acuerdo con ella, al menos que nos deje a los demás disfrutar de esta fiesta noble, que defiendan sus ideas con la razón pero no con sabotajes y su mala fe, que nos deje a nosotros con nuestro júbilo mientras ellos se recrean en la estupidez y en la barbarie.
Incapaces son de pensar que el toro es una víctima reemplazable que termina cuando cumple su fin, es decir, su muerte. Pero la maroma permanece. La maroma pasa de mano en mano ,generación tras generación. La maroma es la que nos convoca, la que nos provoca y donde está condensada toda la tensión dinámica. De ella depende que la fiesta se convierta en tragedia o de que todo termine en forma feliz.
Atentar contra ella, es atentar contra todo un pueblo que quiere vivir en paz desparramando su alegría por las calles en una tarde trascendental y bullanguera.
Si nosotros fuimos capaces de aceptar a regañadientes, pero aceptamos unas normas, otra vez el progreso, que en cierta manera desvirtuaban el sentido ancestral y primitivo que dio origen a esta fiesta, en la que al minotauro se le doblegaba o que la sangre vertida y con la que manchábamos nuestras zapatillas no era un afán desmedido de sadismo si no testimoniar que habíamos cumplido con nuestra carrera. Un acto en el que el toro, era el tótem, la divinidad pagana, símbolo de la fertilidad.
Los detractores deben saber que también tienen cabida aquí, porque son libres de expresar sus ideas, pero esgrimiendo razones sin odio ni violencia

Comencé hablando de belleza y con ella quiero terminar para despejar de nuestras bocas el malestar que os hayan podido dejar mis reproches.
Cuando hace unos años me hallaba en Oslo, frente a frente con las esculturas de Viggeland, y giraba una y otra vez en torno al obelisco compuesto por cientos de figuras humanas entrelazadas que van conformándolo, pensé que la idea de la individualidad, lejos de ser, la esencia más auténtica del hombre, es sólo una estructura debajo de la cual está la verdadera autenticidad constituida por la unión y el esfuerzo de todos.
Quiero que esta reflexión mía final sea: que la fiesta sirva para aglutinar, no para desunir y que, como en toda obra de arte, el color, el movimiento y la tensión, es decir, la pasión, sean capaces de convivir en armonía.
Comencé con un poema de José Hierro y termino con las palabras de Benedetti:



Me gusta la gente que vibra, que no hay que empujarla, que no hay que decirle que haga las cosas, sino que sabe lo que hay que hacer y que lo hace en menos tiempo de lo esperado.

Me gusta la gente con capacidad para medir las consecuencias de sus acciones, la gente que no deja las soluciones al azar.

Me gusta la gente estricta con su gente y consigo misma, pero que no pierda de vista que somos humanos y nos podemos equivocar.

Me gusta la gente que piensa que el trabajo en equipo, entre amigos, produce más que los caóticos esfuerzos individuales.

Me gusta la gente que sabe la importancia de la alegría.

Me gusta la gente sincera y franca, capaz de oponerse con argumentos serenos y razonables.

Me gusta la gente de criterio, la que no se avergüenza de reconocer que no sabe algo o que se equivocó.

Me gusta la gente que al aceptar sus errores, se esfuerza genuinamente por no volver a cometerlos.

Me gusta la gente capaz de criticarme constructivamente y de frente; a éstos los llamo mis amigos.

Me gusta la gente fiel y persistente, que no fallece cuando de alcanzar objetivos e ideas se trata.

Me gusta la gente que trabaja por resultados.

Con gente como esa, me comprometo a lo que sea, ya que con haber tenido esa gente a mi lado me doy por bien retribuido.”

Buenos días.













.