0. SALUDOS
Sr. Cura Párroco y autoridades religiosas Ilmo. Sr. Alcalde y Autoridades Civiles Sr. Presidente de la Junta Pro-Semana Santa (Sres. Miembros) Hermanos cofrades y amigos todos:
I. AGRADECIMIENTO
Al arribar la Cuaresma el ciclo litúrgico da paso a la semana central del año, la más densa y solemne de la cristiandad: la semana de la pasión, muerte y resurrección de Nuestro Señor, el Cristo. Otras fechas de nuestro calendario señalarán nobles tiempos de descanso, encuentro, emoción o gozo, pero el triduo pascual, anticipado por la entrada del Jesús triunfante en Jerusalem, es el acontecimiento más nuclear en torno al que los cristianos fundamos nuestra fe y nuestra vida. El Papa León I llamó a este tiempo la “fiesta de todas las fiestas”. Fue tan sincera esa convicción que la sabia costumbre hizo, con sublime elegancia, que nuestras otras grandes fiestas religiosas y civiles -la Virgen de la Veguilla y el Toro- condicionasen su lugar en el calendario atendiendo a la primera luna llena de primavera, pórtico natural de la Semana Santa. Ésta, la Semana Santa, se convierte así en el eje sobre el que pivota toda la experiencia festiva de nuestro pueblo. Experiencia que nos ayudará a ser y estar más cerca de nosotros mismos, de los demás y de Dios.
Por eso es de recibo iniciar hoy este pregón reconociendo que es un honor inmerecido que sea yo el que, desde esta noble tribuna, abra con mi palabra las puertas a esta Santa Semana de Benavente.
Doy por hecho que más que a mi trayectoria personal debo agradecer esta consideración a la amistad con la que algunos miembros de la Junta de Semana Santa me honran y al cariño granjeado a lo largo de estos últimos doce años con centenares de benaventanos que, o pasaron por mis aulas, o lo hicieron por mi corazón.
Llegué a esta tierra con poco más de 25 años. Venía a pecho descubierto, inocente e inconscientemente dispuesto a abrir horizontes a cuantos quisieran acercarse a Dios desde la clase de religión de un instituto público. ¡Qué osadía en estos tiempos que corren! Unas veces aplaudido, otras denostado, trabajé duro en mis clases y fuera de ellas y sólo Dios sabe si lo que este siervo suyo hizo para dar gloria a su nombre habrá tenido algún efecto. No era ésta mi tierra, pero no tardé en hacerla mía al encontrar puertas generosamente abiertas que me permitieron estar en este Benavente no sólo como en casa, sino mejor. En esta misma Iglesia recé, le dije “sí, quiero” a mi mujer, y alguno de mis hijos fue bautizado.
Sin haber nacido en Benavente, me siento pues benaventano: aquí me hice como adulto, como creyente y como profesional. Sin haber crecido con sus tradiciones civiles y religiosas, estoy empapado de ellas: en las calles de esta ciudad vibré con su fiesta más popular, las calles de esta ciudad me vieron también rezar al ritmo sobrio marcado por los portadores de la Virgen de la Veguilla. Sin haber vivido aquí mi adolescencia, al dejar esta tierra amargamente lloré como el adolescente enamorado que recibe la noticia de que su sueño ha terminado. Sin buscar la Semana Santa la Cofradía del Silencio me encontró y hoy tengo la inmensa fortuna de pregonar, de elevar mi voz para anunciar y hacer público que Cristo también murió y resucitó en Benavente y que, convencidos de ese Misterio Pascual, estamos dispuestos a hacerlo extensivo a toda la sociedad benaventana desde la calle y la plaza, desde el templo y el balcón, desde el silencio respetuoso y el cántico acompasado, desde la luz del día y la oscuridad de la noche, desde la contemplación estética y desde la oración que nace del corazón.
II. IN MEMORIAM
Así se viene haciendo desde hace siglos, cuando algunos frailes del lugar quisieron hacer partícipe al pueblo de las devociones y el culto a la Pasión de Cristo. Fueron sin duda ellos, especialmente los franciscanos, los inventores de la Semana de Pasión en Benavente y en el resto de España. Y a ellos les debemos mucho. Y siendo el pregón por naturaleza un género literario que abre las puertas del futuro inminente, es de justicia reconocer su merecida cuota de homenaje a aquellos hombres que quisieron que las gentes sencillas de Benavente, ajenas en aquel entonces a la lectura y a la escritura, pudieran oír, sentir, conocer y comprender a través de la plástica procesional, los episodios de la Pasión de Cristo.
Y de aquel contexto franciscano y medieval es menester recordar hoy, entre muchas, a una figura que hizo universal nuestra tierra de Benavente, que llevó nuestra sangre a los confines del mundo y que a menudo, como es el caso de muchos de los grandes, duerme en el olvido de casi todos. Me refiero a un tal Toribio de Paredes, que después de ordenarse sacerdote tomó el nombre de Fray Toribio de Benavente para, posteriormente, terminar llamándose Fray Toribio de Motolinía. Su relieve escultórico me cautivó al descubrirlo en uno de mis primeros paseos iniciáticos por la ciudad. Estaba allí, como incrustado en el corazón del pueblo, en la pared silente de una plazuela fría, anónima y olvidada. Aquel hombre, seguramente, como buen benaventano y mejor franciscano, antes de partir a la evangelización de las nuevas tierras conquistadas en México por Hernán Cortés, también puso de su parte para que hoy gocemos de esta Semana Santa tan arraigada en la entraña de nuestro pueblo. Vaya también por él este pregón.
Desde aquel ilustre franciscano han sido muchos los avatares acaecidos en el entorno de nuestra Semana de Pasión. Por desgracia, muchas las pérdidas y los abandonos de tradiciones que hoy quieren ser recuperadas para definitivamente consolidar una manifestación religiosa tan relevante como la que hoy pregonamos que, sin ser la más rica, ni la más brillante, ni la más piadosa, ni la mejor, es la nuestra, la que amamos, la que hemos vivido desde siempre, la que defendemos con ardor y la que mostramos orgullosos a nuestros visitantes.
III. RECUERDOS PERSONALES
Y es tarea de este pregonero anunciar que, porque Cristo murió y resucitó hace dos mil años, una vez más esa experiencia fundante se sustanciará visiblemente a lo largo y ancho de nuestras calles que, revestidas por la mágica luz de la primera luna llena de la primavera, recibirán vigorosamente esas procesiones que con sutil mimo pedagógico nos irán introduciendo en los momentos claves de la Pasión. Permítanme pues que rememore las imágenes más personales de cada una de las procesiones que jalonan la semana de pasión que hoy tengo el honor de pregonar. Sin ser las más notables artísticamente, son las que a mí me ayudaron y me ayudan todavía hoy a descubrir el significado del Misterio Pascual, misterio que sutilmente desvelan cada una de las cinco cofradías que procesionan en Benavente. Las comparto:
De la Procesión de las Palmas me quedo con el bullicio, con el rostro de los niños expectantes, con la esforzada explicación iniciática de padres y abuelos que provocan una admiración casi mística hacia la Borriquilla, emblema afectivo de nuestra Semana de Pasión. El ambiente se hace pues particularmente distinto al de cualquier otro domingo del año. Al grito de “ya llega, ya llega” mis hijos y los hijos de este pueblo predisponían a que la gente, concentrada mayormente en las inmediaciones de Santa María, corazón espiritual de la ciudad, diera por inaugurada la Semana más santa del calendario cristiano. Parafraseando las palabras del Profeta Zacarías podría decirse que Benavente entre gritos de alegría y expectación el domingo de Ramos recibe al REY, justo y victorioso. Humilde y montado sobre un asno, Jesús suprime los carros de combate, proclama la paz a todas las naciones y extiende su Reino hasta los límites del orbe. Llama poderosamente la atención la solemnidad con la que Jesús aparece representado a lomos de la Borriquilla. Sabiendo cuál es la misión que recibió del Padre se presenta como el Mesías. Confiando absolutamente en ÉL, se adentra en su penúltima intervención humana que desembocará días después en su muerte en la cruz.El Martes Santo, Benavente despide el día con la Procesión de las Tinieblas. Todas las cofradías, como si se imaginaran lo que se avecina se hermanan en el desfile, quieren estar con Jesús el día que anuncia su muerte. Anuncio que causa gran pesar y desconcierto entre sus discípulos. En este momento las Iglesias de S. Juan del Mercado y Santa María reciben los pasos que días después procesionarán solemnemente por las calles de Benavente. Mi recuerdo se queda en la contemplación de esas imágenes en su lugar más propio, a saber: las iglesias. Jesús llevando la cruz, la Virgen de la Soledad, la Verónica, el Cristo Yacente y la Virgen de las Angustias se convierten en espectáculo espiritual, en evangelio vivo. Su sobria belleza es gozo para los sentidos e invitación al recogimiento del corazón.La noche del Miércoles Santo sobrecoge a cuantos se echan a la calle para acompañar a Nuestro Señor Flagelado y al Santísimo Cristo de la Salud. Silencio… sobrecoge el silencio del pausado procesionar en la Noche oscura, cautivadora de las almas penitentes que contemplan a Nuestro Señor. Siempre me atrajo el silencio aunque la vida me condenara a hablar más de lo apetecido. Por eso me cautiva la noche cuyo pijama se teje de silencios cómplices. Silencio y noche me envuelven, noche y silencio me fascinan. El silencio en la noche del miércoles lo inunda todo, penetra en los oídos de quienes esperan pacientes en las calles de nuestra ciudad. Y es que hay razones para guardar silencio y velar. El Cristo de la Salud parece que quisiera decir su última palabra a cuantos a él dirigen su mirada. El pueblo calla porque espera el susurro de ese hombre injustamente castigado. Es un Cristo lleno de dolor, pero no rendido. Sus dedos índice y corazón parecen hacerle un guiño a cuantos le contemplan con devoción. Quizá la ausencia de palabra en su boca, que no termina nunca de quebrar, hace que nuestras venas se hielen y nuestra ciudad languidezca, que nuestro paladar se seque y nuestras calles se retuerzan angustiadas por el pecado de la traición. Benavente se queda muda ante la desgarrada mirada del Cristo de la Salud, ante el Dios que es Amor entregado, Salud regalada, Esperanza derramada. En esa noche santa Benavente con su silencio escoltado de fuego escucha lo indescriptible y se solidariza con lo que está por llegar.El Jueves Santo, a la caída del sol, los penitentes, desoyendo las corrientes laicistas que toca vivir, buscan a las Autoridades Municipales para fusionar lo civil y lo religioso sin complejos. Porque ante lo que se avecina toda entraña humana está convocada a reflexión. Es este jueves uno de esos que siguen reluciendo más que el sol aunque el calendario civil se empeñe en silenciarlos. La desnudez de Cristo y la Cruz son, para mí, las dos propuestas más contundentes de la Cofradía de la Santa Vera Cruz. La gubia del mismísimo Ramón Álvarez, uno de los más grandes, esculpió al Cristo magullado por los verdugos de descompensado rostro. El judío del clavo, preso de descontrolada locura, fuerza su mirada hacia el Dios que se prepara para ser inhumanamente ejecutado en la cruz, patíbulo donde será sometido al insulto y el salivazo. Sin embargo en la hermosa talla de autoría benaventana, la Santa Vera Cruz se convierte en trono de esplendor, abre a una fuerza que la trasciende. En ella la destrucción deja entrever argumentos que nos invitan a no claudicar ante la adversidad, que nos permiten robustecer las rodillas vacilantes y vislumbrar una plenitud postmortal anticipada. La Cofradía de Jesús Nazareno, que este año llora la reciente ausencia de Pedro Carballo “El Fungo”, fusiona esplendorosamente en la mañana del viernes santo la fe del pueblo y la dimensión más plástica del espectáculo procesional. Es, la de esta mañana, una fuerte experiencia de oración que cofrades y asistentes alimentan con rezos y cánticos continuos que raudos suben a lo más alto, pues son pronunciados con el fervor de quien está identificado con la experiencia pascual. Aquí no cabe otra actitud que la de la devoción militante hacia Jesús Nazareno y su madre La Dolorosa. Estas imágenes hablan por sí solas. Un Jesús que lleva su cruz a cuestas y que parece estar a la expectativa de que Alguien le evite el sufrimiento del Calvario. Su mirada busca al Padre, pero incluso éste, en quien ha confiado plenamente, parece también desentenderse de él. “El que había sido todo para todos se ve solo entre el cielo y la tierra frente a quienes le acusan y condenan sin que nadie le defienda”. Y en el entretanto, como siempre, la madre, la Madre Dolorosa soportando la tortura, el abandono, la humillación, la aniquilación de la carne de su propia carne. La Virgen dirige su mirada hacia el infinito sin contener las lágrimas que como perlas recorren su rostro joven. Parece estar reclamando el derecho sustitutivo que como madre desearía ejercer, pero el dolor le encoge y parte su corazón, especialmente cuando mira a su Hijo y repasa treinta años de su vida en escasos segundos. Sus miradas se cruzan, encontrándose en un camino de dolor atroz. Pese a todo María sigue de pie, sin derrumbarse, afligida por los sufrimientos de su Hijo, pero serena, con las manos abiertas en actitud de entrega y seguramente susurrando las palabras que pronunció ante el Ángel: “He aquí la esclava del Señor…”.La procesión del Santo Entierro en el ecuador del triduo pascual reproduce una jornada crucial en la liturgia cristiana. Benavente llora la muerte de Cristo en la cruz, y los benaventanos acompañan con fe el cortejo sagrado “en contraste con aquel otro que hace dos mil años un puñado de gente compasiva realizó en la intimidad y vergonzantemente”. La muerte de Cristo en la cruz es contemplada por María, la Madre. Mantiene ella su mirada dirigida a lo más alto con la complicidad del discípulo amado, que sujeta su corazón, roto de dolor por la muerte del Maestro. Como dice Lumen Gentium en el drama del Calvario, a María le sostiene la fe, robustecida durante los acontecimientos de su existencia y, sobre todo, durante la vida pública de Jesús. En este supremo «sí» de María resplandece la esperanza confiada en el misterioso futuro, iniciado en este mismo instante con la muerte de su Hijo crucificado. Las palabras con que Jesús enseñaba a sus discípulos «que el Hijo del hombre debía sufrir mucho y ser reprobado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser matado y resucitar a los tres días» (Mc 8,31), resuenan en su corazón en la hora dramática del Calvario. Es ahí cuando, en el marco de la Iglesia de Santa María, se escucha con fiera belleza el “Stabat Mater”, plegaria que resuena potente en oídos y corazón de cuantos acompañamos a la Madre que sufre esperanzada a los pies de la cruz. María encierra en su mirada una luz más fuerte que la oscuridad, un corazón enorme que, roto por el dolor humano, se dispone a aceptar el sacrificio redentor de su Hijo por toda la humanidad. En contraste absoluto con la figura de la madre, la tradición cristiana señala que ese mismo día Judas, arrepentido de su traición, pero alejado de la confianza del perdón, se ahorca y acaba con su vida.
Del Domingo de Resurrección me viene a la memoria la muchedumbre concentrada en la plaza. Pareciera que lo ocurrido durante esos últimos siete días hubiera sido un sueño que culmina con la explosión de la algarabía, con la fiesta de la Resurrección en la que Benavente celebra la victoria en su espacio más propio y emblemático. Después del emotivo encuentro de Cristo resucitado y su madre, niños y mayores asisten a la triple reverencia que concluirá con la caída del manto negro y el triunfo de la luz. Música, cohetes y palomas escenifican el “Aleluya resurrexit” y acompañan el regreso de Jesús y su Madre hacia la Ermita de la Soledad. Ahora bajan, caminan juntos, como dos enamorados que se saben hechos el uno para el otro, Madre e Hijo parecen intercambiar pareceres en un descenso que pone el punto y aparte a la más bella historia de amor jamás contada.
IV. REFLEXIONES EN TORNO AL SUFRIMIENTO
Hace algunos meses pregunté a un apasionado de la semana santa benaventana por el sentido que para él tenía este tiempo. Su respuesta, alejada de los manuales de Teología, pero profunda y consistente, mostraba una sabiduría natural digna de elogio. Aquel hombre sencillo, amante de su pueblo y de la tradición religiosa, vino a decirme que, para él, la grandeza de estas fechas radicaba no sólo en la sobria belleza de sus pasos, en el orden y el silencio de sus procesiones, sino especialmente en la enorme capacidad de estos días para dar respuestas a las preguntas más últimas y radicales del ser humano.
Porque ante la vida y la muerte, la injusticia, la destrucción, la violencia, la fidelidad, el amor, el pecado y la esperanza ningún ser humano permanece impasible. La Semana Santa pone todo eso sobre nuestras calles. No es simplemente un desfile teatral, bellamente ordenado, musicalmente acompasado. Es una experiencia que enfrenta al hombre a su propio destino, que cuestiona a quien huye de su condición carnal y abre a la esperanza a quienes participan en vida de la experiencia dramática de la muerte, incorporando a todos en un proyecto no azaroso, sino llamado a la planificación trascendente.
Ciertamente al contemplar la conmovedora imagen del Yacente, fustigado por la violencia gratuita, escupido por sus asesinos, atravesado por la lanza del odio, nos ponemos delante del sufrimiento y del futuro cierto de la muerte. De la propia muerte y de la ajena, si cabe, ésta aún más desgarradora que aquella pues, al asistir al finiquito del ser amado, la radicalidad de la ruptura nos deja mudos.
Miguel de Unamuno afirmó que “aquellos que digan que la muerte no les preocupa nada, o mienten o son estúpidos, unas almas de corcho”. Sin lugar a dudas, la Semana Santa es siempre oportunidad de reencuentro con una de las supremas cuestiones de la vida humana: la muerte, cuestión decisiva que es necesario encarar si en nuestra pretensión está comprender la grandeza de la existencia.
Es cierto que no hemos sido educados para descubrir con admiración el hecho mismo de la vida en toda su amplitud y para responder a él con agradecimiento y admiración. Hay quien vive como si la vida fuera algo necesario e inalienable y la muerte resultase una violencia y un ultraje exterior, pero la muerte de Jesús en cruz se nos presenta como oportunidad valiosa para descartar el silencio resentido o el rechazo violento como únicas respuestas a la pregunta por nuestra propia muerte o la de los nuestros.
En la muerte de Jesús el Dios eterno asume el destino del hombre y el hombre comparte el destino de Dios. Nada pues más valioso que esta certeza pues nos confirma que, al reconocer a Dios como primera causa de la vida y de la muerte, podemos experimentar el vivir y el morir como una gracia, como una experiencia injertada en la propia muerte y resurrección de su Hijo.
El sufrimiento y la muerte se convierten por tanto en experiencias penúltimas porque a la cruz le sigue la resurrección, le sigue la vida, le sigue Dios. Si bien es cierto que siempre con dolor, se puede mirar ya a la muerte propia y a la ajena de frente, aceptándolas pacíficamente como un hecho soberano de la propia vida y suscribiendo la confianza final de quien decide ponerse en manos de Dios, aún en la más adversa dificultad.
V. VERSOS AL VIENTO
Y sin ser poeta, he querido flirtear estos días con la palabra, con su cadencia y musicalidad para ponerla al servicio de este pregón que ya va buscando su fin. He aquí el resultado:Déjenme decir en alto estas últimas palabras, que quieren ser versos para, a ese Jesús abatido, llamado de la Salud, presentarle mis respetos. Pues de su semana santa esta ciudad le ha hecho espejo para que los de aquí y los de fuera veamos en su gesto al Dios que se ha hecho carne, y que sufre por su pueblo. En su boca sequedad dolor y muerte en sus huesos, sudor y sangre en su frente, en su pecho abatimiento. No fue esta la última palabra de Dios Padre, que es bueno, pues respondió a la muerte salvando al que estaba muerto, devolviendo la voz a quien la cruz condenó al silencio, abriendo los ojos a quien la traición dejó ciego, hasta el cielo elevando al que visitó el infierno.
Déjenme decir en alto estas últimas palabras que quieren ser versos, pórtico de la semana santa de éste, mi apreciado pueblo. Pueblo que se echa a la calle, y a la plaza, para ser cortejo y no dejar solo al que en la cruz ya se está muriendo. Damas de la Luz y la Soledad Santa Vera Cruz y Santo Entierro, Jesús Nazareno y Cofradía del Silencio rezad, aclamad, contemplad, y haced grande la Semana Santa de éste, mi arrancado pueblo. Muchas gracias.
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